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El silencio es terapéutico

por | Jun 2, 2020 | covid 19, psicología, salud mental | 8 Comentarios

“Existe un culto a la ignorancia,

la presión del anti-intelectualismo

ha ido abriéndose paso a través de nuestra vida política y cultural, 

alimentando la falsa noción de que la democracia significa que: 

mi ignorancia es igual de válida que tu desconocimiento” 

Isacc Asimov

 

La biblia ya lo advertía hace unos cuantos milenios en Proverbios 12. 15-28 “el necio es atrevido, el sabio prudente”. También decía  Kant  “el sabio puede cambiar de opinión, el necio nunca”. Y ejemplos de la sabiduría popular hay miles “los sabios son los que buscan la sabiduria; los necios piensan ya haberla encontrado”. O también proverbios chinos “el sabio no dice lo que sabe y el necio no sabe lo que dice”. Y para frase magistral, la de Mark Twain “es mejor estar callado y parecer tonto, que abrir la boca y disipar dudas”

Reconozcámoslo. A todo el mundo le ha pasado, no una vez, sino muchas. La psicología le  ha puesto un nombre: el curioso efecto Dunning-Kruger, cuanto menos sabemos, más creemos saber. Aunque se conoce desde hace siglos y en muchas culturas se criticó, en los últimos años, se ha generalizado esta actitud gracias sin duda a la construcción de un sujeto, el actual, especialmente narcisista y que se cree el centro del universo. 

En los difíciles tiempos de pandemia que estamos viviendo, este tipo de manifestaciones se están dando con especial virulencia. Tenemos la situación perfecta para que este fenómeno suceda. No sabemos mucho acerca de las consecuencias de la pandemia, ni de cómo actuar ante una situación sin precedentes en la historia reciente. La ignorancia es el caldo de cultivo perfecto para que se desate la opinión desbocada e irresponsable. Ejemplos podemos citar miles; tertulianos que dan lecciones a expertos virólogos, vigilantes de balcón sabedores seguros de cómo afrontar una pandemia; youtubers y seudoperiodistas que se autoproclaman apóstoles del apocalipsis, ninguneo hacia el saber experto, etc. 

Además, sabemos que esta explosión, es amplificada por las redes sociales que dan audiencia a cualquiera que tenga una cuenta. Es un no parar, nuestros smartphones sueltan humo de tantos mensajes, artículos, vídeos, memes, etc, que te explican “la Verdad”: número de muertes reales, alegatos antivacunas, conspiranoias varias, terraplanistas, etc.  Todos tienen la verdad absoluta y lo peor es que a menudo, se la creen. Da igual lo que diga la ciencia, no necesito informarme de otros puntos de vista expertos o fuentes oficiales. “Todos mienten menos yo, que siempre digo mi verdad”.  

Actitud no exclusiva, pero sí mayoritariamente masculina (mansplaining), el cuñadismo no es un fenómeno solo de la época actual. Siempre ha habido y hubo: expertos en todo que en cada discusión tratan de sentar cátedra con “lo que hay que hacer”, bares repletos de entrenadores de fútbol poseedores del secreto que desconocen los profesionales, hombres hablando de feminismo sin haber leído un solo párrafo de autoras que han estudiado el tema, ociosos haciendo correcciones a pie de obra sobre cómo se debería extender el cemento, etc.

Nos guste o no, hablar no equivale a pensar, es más, muchas veces se habla mucho y sin embargo no se piensa nada. Además, es una realidad: ignoramos la mayoría de las cosas que suceden, o solo tenemos acceso a una mirada muy parcial de la realidad. Ser ignorante y reconocerlo no es un insulto, es fantástico, porque te abre la posibilidad de conocer cosas. Sin ignorancia no hay curiosidad. Además, creo que si lo admites ¡te quitas un peso de encima!. 

Pero, ¡que no se me entienda mal! no estoy cuestionando la libertad de expresión, creo que es uno de los logros más importantes que tenemos como sociedad. Solo defiendo, que al igual que está la opinión libre y el “yo tengo derecho a hablar…”, también deberíamos pensar en el “deber” ciudadano de “cerrar el pico” de vez en cuando, sobre todo cuando estamos poco o mal informados, y escuchar cuando la ocasión lo requiera.

Visto el nivel de crispación actual, a lo mejor es buen momento para cuestionar algunas cosas. ¿Sabemos tanto como nos creemos? ¿Sería interesante, para mí y para el mundo, escuchar e informarse antes de hablar? ¿Quizás la realidad es compleja y no hay una sola forma de ver las cosas? ¿Es tan importante “mi” opinión? Las cuestiones de tan obvias, creo que son ridículas. Pero no parece fácil asumir. 

Aclaro que no creo que únicamente puedan hablar los expertos o ilustrados. Todas las personas poseemos sabiduría, no es necesario siquiera haber estudiado. Tenemos saberes, no necesariamente oficiales, que aportan al sostenimiento de la vida y que merecen ser  escuchados con la misma atención que a un premio nobel. En el día a día, nos encontramos a gente con: experiencias, vivencias, pasiones, sucesos, etc. Una auténtica mina de oro que merece la pena ser explorada. 

Tampoco estoy haciendo proselitismo de la incomunicación. La conversación ligera y libre, es quizás, una de las cosas más bellas de las que podemos disfrutar las personas, es la base de la sociabilidad, lo que nos hace humanos. Y ayuda mucho al crecimiento personal.  Charlar es un juego, “a priori” sin demasiadas normas. Una buena conversación, sin más, pasa por plantear puntos de vista diversos, buscar coincidencias y enriquecerse de las diferencias. Un auténtico placer del que se puede aprender mucho. Se trata en realidad, de aplicar un poco la prudencia y si te quieres posicionar en algo, “hazlo” con actitud de respeto hacia la otra persona.  

Además es muy importante posicionarse en muchos casos. Si no haces valer tu posición, a veces corres el riesgo de asumir, para ti y para los demás, consecuencias negativas. Si te quedas impasible ante la violencia psíquica, física o verbal, puedes hacerte mucho daño o violentar a la gente que te rodea.

Lo que estamos criticando es, la pose egocéntrica e infantil de demostrar lo mucho que sé en todo momento, el autobombo de la verdad absoluta. Esta actitud muchas veces obedece a la  necesidad constante de llamar la  atención. Hablar demasiado, querer tener razón siempre, son a menudo signos de una gran inseguridad encubierta. 

En cambio, es muy importante prestar atención, dar la oportunidad de expresión a personas menos acostumbradas a tomar la palabra.  A veces formas de comunicación “a priori” inseguras encierran mucha sabiduría, aunque carezcan de fluidez. Como dice Deleuze: “Recurrir al  tartamudeo o al balbuceo como formas de expresión, no valoradas es a veces una forma de salirse al hablar bien mayoritario”.   

Creo necesario en este punto distinguir entre opinión, análisis y reflexión. Una opinión es un punto de vista particular e informal sobre algo, una parte fundamental de la comunicación.  Es positiva y necesaria. Un análisis, requiere argumentación y algo de conocimiento, por lo que si estás interesado en algún tema, lo adecuado es tratar de informarte bien, buscar fuentes fiables y después: dar tu punto de vista. Una aventura enriquecedora. Una reflexión es un interés “real” y más “profundo”por algo. Es el ejercicio de una pasión, requiere su tiempo de aprendizaje y maduración.   

Sabemos que vivimos una época de aceleración, que no tenemos tiempo para el análisis reposado y objetivo,  pero debería ser tendencia: más reflexión sosegada, altas dosis de análisis, y finalmente prudencia y respeto a la hora de opinar de ciertos temas . Nos va a hacer falta, ya sabemos que vienen tiempos difíciles.

También podemos recurrir a una de las herramientas más poderosas que tiene el ser humano. Es algo muy raro de ver, con efectos casi mágicos, se trata de “la Escucha”. En un mundo tan hiperestimulado, con constantes invitaciones a la actividad, la escucha puede ser esa herramienta que nos dé un poco de paz.  

Hablamos de escucha activa, permanecer atentos, sin pensar necesariamente en mi punto de vista. Es tratar de apartar un poco al “yo” de la conversación y abrirnos a lo que nos tengan que aportar las personas. Una vez entendido lo que se nos quiere transmitir y tras meditar un poco la respuesta, aportar algo. Es en realidad la actitud que debemos tener siempre los terapeutas y psicólogos, independientemente de la orientación teórica. Si no sabemos escuchar, nunca podremos hacer bien nuestro trabajo.   

La escucha, no solo como modo de respetar a las personas que tenemos delante, también es bueno para el cuidado de sí. La escucha es un acto que puede ayudar a despejar los fantasmas y miedos, es un dejar de ser el centro de nuestro universo y abrirse a las experiencias. Preocuparse por la gente, por sus saberes, por sus historias, sus vidas. Es realmente sano desde el punto de vista de la salud mental. La escucha es terapéutica, no sólo para la persona que se expresa, también para la que la ejerce activamente. Es la base de la comunicación empática. 

 

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