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Reflexiones ignorantes acerca del Covid 19

por | Abr 29, 2020 | covid 19, psicología, salud mental | 10 Comentarios

Nada más comenzar el obligatorio confinamiento al que está siendo sometida gran parte de la población mundial, comenzó a ser publicada una ingente cantidad de material de índole psicológico, dando pautas u orientaciones acerca de cómo afrontar la cuarentena. En su mayoría estas guías, artículos, consejos, etc, imprimen un carácter técnico a lo que solo son consideraciones de sentido común: ponerse un horario, hacer ejercicios, estar comunicados, comer sano… Sinceramente, no creo que sea necesaria una gran formación psicológica para dar esta clase de consejos.

Pareciera que el mundo de la psicología se ha convertido en una disciplina obligada a hacer de una especie de guía espiritual en esta pandemia. En realidad, opino que los y las profesionales de la salud mental deberíamos manejar el momento que estamos viviendo con mucha prudencia y no adelantarnos a los acontecimientos, puesto que no hay precedentes de situaciones con estas en la modernidad.

Ante el estado de alarma vivido estas semanas atrás, los y las profesionales de la psicología, no creo que podamos hacer mucho más que ayudar a atenuar algo la sintomatología (ansiedad, angustia, insomnio), escuchar a las personas que lo están pasando mal, apoyar a la gente que ha perdido a sus seres queridos y que no están pudiendo despedirlos, o colaborar con serenidad a no propagar el miedo o la crispación. La intervención psicológica vendrá más adelante, cuando tengamos un poco más claras las consecuencias de lo ocurrido.

Reconozco que yo mismo me contagié del frenesí recomendatorio y comencé a dar consejos de cómo afrontar la crisis, cómo hablar a los niños, etc. Incluso tuve la arrogancia de empezar a escribir un artículo, titulado “Consecuencias psicológicas del COVID 19”. En un ejercicio más de iluminado futurólogo, que de prudente profesional de la psicología, trataba de predecir cómo iban a ser las psicopatologías postcovit.

Afortunadamente, y debido a la abrumadora infosaturación a la que estamos siendo sometidos, decidí esperar un poco, reflexionar pausadamente y así evitarme el ridículo de ver cómo en pocos días todo cambiaba y se ponían en cuestión mis apresuradas conclusiones. Lo único que podemos tener claro en este instante, es lo impredecible de lo que nos depara el futuro y la sensación de incertidumbre, que me lleva a pensar que no tiene sentido seguir trabajando bajo premisas anteriores a la pandemia.

En esta línea, coincidía estos días con un compañero psicólogo –ambos hemos hecho seguimiento regular de las personas que acudían a nuestras consultas durante el confinamiento- en que los feedback que nos llegan de estas conversaciones son (quitando problemas como trastornos mentales graves o adicciones), que en general la gente lo lleva mejor de lo que pensábamos. Uno preocupado por cómo nuestros pacientes gestionan las situaciones y, al final, descubrimos que tienen las mismas dudas, miedos e incertidumbres que cualquiera de nosotros. Toda una cura de humildad.

Esto es para mí la demostración de que poseemos muchos más recursos personales de lo que creemos. En una situación de crisis e incertidumbre como la que estamos viviendo, tiramos de ellos y somos mucho más capaces de ser creativos y de dejar atrás los pequeños problemas que nos sacuden. Sobre todo, niños y niñas, en muchos casos, nos están dando lecciones de adaptación y resiliencia.

Y es que no descubro nada nuevo, al decir que la pandemia, lo va a cambiar todo, y aún queda mucho recorrido. Los modos de vida, la economía, la forma de trabajar, la sexualidad, la relaciones personales… La vuelta a una “nueva normalidad”, a la que aún le queda mucho para estabilizarse, va a traer consigo uno de los cambios más radicales y abruptos que se recuerdan en la construcción del sujeto moderno. Creo que ya sabemos que la sociedad resultante no va a ser la misma, necesitamos por tanto, nuevas maneras de afrontar la intervención psicológica. Los valores, las inquietudes y angustias, los miedos…van a ser distintos, ahora mismo todo es una incógnita y está por descubrir.

Pero aún a riesgo de equivocarme, en esta situación sí que hay lecciones que podemos empezar a extraer. Y aunque he empezado confesando mi ignorancia respecto las consecuencias psicológicas, en pos de una sostenibilidad mental en la era postcovit, me atrevo a plantear algunas intuiciones.

La primera es que, aunque la tendencia social sea esa, sería un grave error un repliegue hacia el “yo”. Es normal que estemos ansiosos y con miedo, pero esperemos aprovechar la ocasión para cuestionar el planteamiento dominante en las corrientes psicológicas de moda como la psicología positiva o el coaching; basadas todas ellas en un individualismo radical y en él hazte a ti mismo. No podemos dejar que siga ganando el discurso del “tú puedes”, no es verdad que solo los más fuertes y preparados psicológicamente son los triunfadores, no es verdad que solo basta con proponerte algo para conseguirlo, no basta con la actitud personal: no podemos nada sin los otros.

Quizás sea el momento de asumir y compartir nuestra vulnerabilidad, ponerla encima de la mesa para hacerla sostenible, hacernos cargo de nuestras dificultades y apostar por solucionarlas desde lo que ahora compartimos: la incertidumbre y el miedo. Creo que la situación por la que estamos pasando es una lección importante acerca de nuestra fragilidad en todos los sentidos: física, mental, relacional, económica… Pero cuidado; no confundamos esto con la queja histérica o la victimización, el “pobre de mí”. No, no es eso. Eso es, de nuevo, encerrarse en el individualismo, en el reconocimiento narcisista del dolor.

Se trata más bien de una apertura, de una escucha, de un desprenderse del “yo” y de poner el “nosotros” encima de la mesa. Se requieren en estos momentos, mecanismos de construcción de sujetos no aislados, sino conectados los unos con los otros. Vivimos en comunidad, y la solidaridad y el apoyo mutuo es lo que nos ha hecho avanzar como especie. Intentemos no dejarnos llevar por los cantos de sirena, del “si quieres puedes”, es falso: solos no podemos.

La construcción idealizada de un sujeto independiente es un espejismo: nos necesitamos para vivir y, en algunas ocasiones como la que estamos viviendo, también para sobrevivir. Necesitamos una sanidad pública sostenible, necesitamos investigación científica solvente, necesitamos una red de cuidados sólida y solidaria, necesitamos sentir que si caemos enfermos, alguien se va a ocupar de nosotros. No hay otro modo de salir de esta más que con el apoyo comunitario.

Durante décadas, la vorágine de consumo y satisfacción individual en la que hemos vivido, nos ha abocado a generar un vacío imposible de ser colmado. A fabricar sujetos insatisfechos, narcisistas e individualistas. Otra intuición que me atrevo a plantear es que la más que segura crisis económica y social en la que ya estamos inmersos, nos obligará a plantearnos un horizonte de decrecimiento, tanto mental, como de consumo.

Especialmente preocupante es cómo se ha manejado esta dinámica con niños y niñas en algunos hogares. Pensemos en lo que se ha convertido las últimas décadas los cumpleaños u otras celebraciones infantiles: ingentes cantidades de regalos que en poco tiempo les son indiferentes. Ellos son las principales víctimas de esta espiral de insatisfacción, con el riesgo de convertirlos en sujetos ególatras e intolerantes, que se creen merecedores de todas las satisfacciones, por el simple hecho de existir.

Y que conste que no quiero que todo esto se viva como un reproche indignado que tanto se estila en estos difíciles momentos. Sinceramente, creo que todos hemos sido partícipes de alguna manera u otra de lo expuesto, y no se trata de sentirnos culpables por ello. Solo espero que lo que está ocurriendo sirva para aprender algo, ya que esto está afectando de una manera u otra a todo el mundo. Sin caer en la ingenuidad, ya que soy muy consciente de lo difícil del momento que estamos viviendo, creo que tenemos que colaborar para salir de esta situación como personas más solidarias. No nos queda otra: es cuestión de supervivencia.

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