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Estamos en deuda con nuestras personas mayores

por | Sep 18, 2020 | covid 19, psicología, salud mental | 8 Comentarios

                                                                                                                                                                      Dedicado a M.L.M.C, siempre te llevaremos en el corazón.

Es quizás lo más triste, la herida más profunda y de más difícil cicatrización de todas las que está provocando la pandemia. Nos referimos al dolor que están sufriendo las personas encargadas del sostenimiento y cuidado familiar durante toda la vida. El COVID 19 se está cebando especialmente con nuestras personas mayores, y no solo me refiero a los abuelos y abuelas que nos han dejado en estos meses de pandemia, sino también al sufrimiento que está generando entre ellos ¿Cuáles son las consecuencias físicas, psicológicas y sociales?, ¿Cómo lo están viviendo? No los olvidemos; tenemos que admitir que estamos en deuda y esta vez, ¡sí que es legítima!.

No deberíamos olvidar, por ejemplo, que tras la crisis del 2008 nuestras personas mayores se vieron muchas veces, obligadas a sostener económica y emocionalmente a las familias usando para ello sus exiguas pensiones, los ahorros de toda una vida e ingentes cantidades de trabajo. Y no solo han echado una mano durante la crisis. Los mayores han estado haciéndose cargo del cuidado de nietos y nietas cuando ambos progenitores se han visto obligados a trabajar fuera de casa. ¿A quién se solía acudir para llevarlos al colegio, darles de comer, educarles y darles cariño mientras papás y mamás trataban, con mucho estrés, de conciliar el trabajo fuera de casa con los quehaceres cotidianos?

Me resulta muy difícil ponerme en la cabeza de esas personas que, ya curtidas por la edad y con muchas batallas libradas, entran en una fase de la vida en la que tendrían que disfrutar de una tranquila jubilación y ahora, ¡les toca vivir una pandemia!. Quizás pese aún la responsabilidad de seguir soportando gran parte del sostenimiento familiar. Quizás, lo tengan más claro que nadie, una realidad que no se habla demasiado pero está ahí: los mayores tienen miedo de coger el COVID y morirse.

La muerte es uno de los miedos más importantes que habitamos los seres humanos, pero en nuestra cultura, ese miedo se obvia; se vive como si la muerte no existiera, como si pudiéramos ser eternamente jóvenes, tratando de disimular la decrepitud. Pero no es así: el miedo está presente, influye en nuestras vidas, no se habla y se convierte en un tabú. Es por eso que creo que nuestras personas mayores han vivido lo suficiente para afrontar con serenidad lo que pueda acontecer, lo que no quiere decir que no sufran y que no sientan miedos. Para mí, hablar de estos temas no es ni pesimista, ni triste, al fin y al cabo es lo más natural que hay. Lo único que sabemos seguro es que algún día moriremos.

En la sociedad actual, la invisibilización de las personas mayores, es un hecho. “Estar joven” es un ideal a seguir, permanecer con aspecto juvenil, una constante preocupación. La edad como tal, es un asunto importante. Hacerse mayor y envejecer, pasa a ser una maldición que se cierne inevitablemente sobre nuestros hombros. Más aún hoy en día, que el imperativo social nos invita a consumir, disfrutar y vivir como si no hubiera un mañana; las personas mayores no parecen estar en este sector del mercado, están desclasadas; es lo que se denomina edaísmo.

En vez de ser un momento de la vida que debería vivirse con la serenidad de tener gran parte de la partida jugada, y con la posibilidad de dedicarte a los tuyos y tus aficiones, a menudo se les margina, se les estresa y no se les escucha. Ya no son, ni lo suficientemente productivos como para invertir en ellos (excepto en el caso de residencias geriátricas), ni lo suficientemente consumidores (excepto de pastillas), como para formar parte del mercado. No obstante y casi sin quererlo, les cae encima como una losa la hiperproductividad familiar, y tienen que hacerse cargo muchas veces de todos sus miembros, lo que merma notablemente sus fuerzas y su salud.

Ya estábamos con este panorama respecto a la vejez y ahora, ¡llega el COVID-19!. Son muchas las huellas, visibles y no tanto, cotidianas y a medio-largo plazo, que está dejando la pandemia en nuestras personas mayores. Lo estamos viendo a diario: abuelos con mascarilla que dificulta el ya de por sí precario aliento que les queda; aumento exponencial de la soledad; miedo a pisar la calle, a morir en soledad, etc. Más allá de las macabras e imprecisas cifras de fallecidos en los asilos, hospitales y casas, hay una cierta invisibilización acerca de las consecuencias (emocionales, físicas y sociales) que están teniendo para las personas mayores las diferentes fases de la pandemia, con sus desescaladas, brotes y rebrotes.

Durante las diversas fases del confinamiento, nuestras personas mayores, han tenido que sufrir la falta de contacto directo con sus seres queridos, sus amistades y sus familiares. Además, como no están tan preparadas para la comunicación tecnológica como las generaciones actuales, la desconexión con “su” gente se amplía. Por desgracia, no hay herramientas tecnológicas adaptadas a estas edades, no es rentable, está fuera de mercado.

Y eso en el caso de contar con una familia de la que preocuparse y con la que disfrutar del contacto físico y afectivo. Pero muchas veces, encontramos a personas mayores que viven en la más absoluta soledad, lo que incrementa el aislamiento, el miedo a salir a la calle y contagiarse, a que nadie les atienda, a morir en soledad. Nos encontramos ante situaciones dramáticas que aumentan enormemente la vulnerabilidad y la posibilidad de desarrollar depresiones, suicidios, etc.. Pero además se acabaron los paseos tranquilos, el bajar a hacer las compras, las visitas de nietas y nietos, la charlas con las vecinas… Esto puede estar provocando en nuestro mayores duras consecuencias físicas y psicológicas, tan invisibilizadas como reales: ánimos deprimidos, abuso de fármacos, desorientación espacial, atrofiamiento corporal, pérdida de memoria…

Pero sin duda lo más doloroso, es lo que ha pasado en algunas residencias, donde irresponsables decisiones políticas han provocado la muerte de personas mayores, muchas veces sin atención médica ni respiradores. Muchos de sus familiares han denunciado en las peores semanas del confinamiento falta de personal, encierros prolongados en habitaciones, disminución en los cuidados, aislamiento hasta la muerte… y todo esto lo han soportado sin entender a menudo, lo que estaba ocurriendo. No me quiero ni imaginar lo que ha podido pasar por la cabeza de esas personas y de sus familiares; los sentimientos generados, la rabia contenida, la imposibilidad de dar y recibir consuelo. Es duro pensar que muchas personas mayores se han visto expuestas a que se las lleve el COVID sin sus seres queridos cerca, sin poder siquiera despedirse; es algo que creo que va a dejar una profunda huella.

Sin embargo lo que ha pasado en las residencias no es algo que ha sobrevenido repentinamente, más allá de la urgente y profunda reflexión que deberíamos hacernos acerca del lugar (nunca mejor dicho) que ocupan las personas mayores en nuestra sociedad. Tras el COVID y los problemas surgidos y que siguen dándose en las residencias, se ha visibilizado algo que venía ocurriendo desde hace años, pero que nunca ha sido percibido como un problema social, y eso que hay casi cuatrocientas mil personas mayores viviendo en residencias en la actualidad en el estado español.

Hablamos de las vergonzosas condiciones en las que están algunas residencias, dan escalofríos: personal insuficiente, dispositivos sin medicalizar, sin cobertura emocional y sin apenas interés por parte de las direcciones, más ocupadas en buscar rentabilidad que en procurar el bienestar real de las personas que allí viven. No quiero decir que en todas las residencias se viva en malas condiciones, pero creo que si alguna conclusión debemos extraer de lo ocurrido, es que nuestras personas mayores merecen el mayor esfuerzo en todos los sentidos, para que en sus últimos días gocen del confort suficiente. De hecho, me atrevo a decir que sanidad, educación y cuidados de la tercera edad, deberían ser los pilares de toda sociedad comprometida de verdad, con su pasado, presente y futuro.

Pero las consecuencias de la pandemia también las están padeciendo las familias de los abuelos y abuelas. Se han dado situaciones en las que tras el fallecimiento y debido a las restricciones en la asistencia a funerales, familias y amistades, no han podido velar a sus mayores. El necesario proceso de duelo tras una pérdida, fundamental para curar heridas, no se ha podido iniciar. Los ritos funerarios son el primer paso para la elaboración del duelo: las despedidas, los gestos y las palabras de apoyo, tan necesarios para cerrar las heridas, no se han producido. Circunstancias que pueden incrementar notablemente la posibilidad de desarrollar duelos patológicos, depresión o ansiedad.

Ahora más que nunca, en tiempos difíciles de pandemia como los que estamos viviendo ¿Qué podemos aportar para ayudar al sostenimiento de nuestras personas mayores?, ¿Qué actitudes cotidianas debemos acometer para el acompañamiento a nuestras abuelas y abuelos? ¿Cómo podemos colaborar en sus cuidados de manera integral?

En los últimos años hemos visto el surgimiento de importantes movimientos reivindicativos, que plantan cara a los problemas más importantes que sufren nuestras sociedades (violencia de género, racismo, cambio climático). En el caso de la ancianidad, no se ve posible esto, faltan fuerzas, no se plantea. Parece que un amenazado (en este caso sí, defendido con uñas y dientes), pero exiguo sistema de pensiones, bastara para tener cubiertas las mínimas condiciones de vida. Es necesario que desde los colectivos sociales, se presione intensamente a las diferentes administraciones (estatales, autonómicas y locales) para que se comprometan en asegurarles un retiro con la mayor dignidad posible. Se trataría por ejemplo: de crear espacios públicos (parques, calles, playas) adaptados a sus necesidades, de habilitar espacios de socialización cómodos, de apostar por redes apoyo mutuo intergeneracional e invertir en investigación específica para la tercera edad.

Por otro lado, acudo de nuevo a uno de mis mantras particulares, el cual no me canso de reivindicar: la práctica de la escucha activa. Esta vez dirigida específicamente a nuestras personas mayores. A todo el mundo le ha tocado, más de una vez escuchar historias y batallitas que ya las conocemos de sobra, pero por sostenimiento de la salud mental de nuestras personas mayores, deben ser escuchadas como si fuera la primera vez. La repetición constante de las mismas historias es debida, a los déficits neurológicos normales tras el paso de los años; pero también a una necesidad de seguir existiendo. Historias que son parte de su identidad. La reiteración de las mismas, se debe también a que no quieren ser borrados de la realidad; su imprecisa memoria, los momentos clave de sus vidas, las historias pasadas; les sirve para que se sientan aún vivas, para no diluirse en el acelerado ritmo de vida actual. Es cansino escuchar las mismas historias una y otra vez; pero quizás sea más agotador, vivir en un mundo hiperestimulado cuando el pensamiento se está ralentizando paulatinamente.

En este sentido, en espacios donde hay personas mayores creo necesario hacernos conscientes de su presencia, dar un paso atrás y no acaparar la conversación con la característica rapidez juvenil, permitir que las personas de más edad, dejen gotas de sabiduría y de vivencias. Todo esto puede ser una experiencia muy enriquecedora. Escuchar es descentralizarnos de nosotros mismos, es entender que todos en algún momento vamos a necesitar del afecto y atención que en este momento nos cuesta mantener.

Las nuevas tecnologías podrían ser una enorme oportunidad para mejorar la vida de las personas ancianas, pero no están pensadas para ellas, en vez de incluir son expulsivas. Creo que sería muy necesario avanzar en el desarrollo de software y hardware específicos, pensados para la tercera edad, desde el cual se pudiera tener acceso a la comunicación virtual con sus familiares, a los recuerdos de su juventud (fotos, videos), a ejercicios para la mejora de sus habilidades cognitivas, etc. También se podría apostar por la creación de plataformas de contenidos online específicos para la tercera edad, donde poder disfrutar de experiencia como revivir cantantes, películas, obras de teatro,etc, “de su época”. Hablamos del desarrollo de una tecnología al servicio de las personas mayores pero, no es una prioridad, de nuevo no es rentable.

En definitiva se trata de ser capaz de ver esta etapa de la vida, por la que todas que vamos a transitar o eso esperamos, con otra mirada. Verla como una oportunidad de vivir con algo más de calma, sosiego y bonhomía. Se trata de valorar no solo el sostenimiento económico, sino también la importancia de los cuidados; se trata de nuevo de salir del espejismo del individualismo, de reconocernos mutuamente dependientes; de ser capaces de observar la infinita ternura de un abuelo paseando con su nieta, mientras se establecen diálogos a medio camino entre el juego y la calma; de disfrutar de las conversaciones de las señoras en las tiendas del barrio; de valorar hasta el infinito la seguridad emocional que te da el privilegio de haber disfrutado de los mimos y atenciones desinteresadas de, nuestras queridas yayas.

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